Más tarde conforme iba llegando la gente, se
acercaban a dar el pésame, y te dabas cuenta de que si había gente que
apreciaba a tu abuelo. Cuando ya era más tarde nos llevaron a casa de mis
abuelos para que pudiéramos descansar, recuerdo que se me hizo bastante difícil
el poder dormir; a la mañana siguiente pues nos fuimos a la funeraria, pues más
tarde nos iríamos al templo para que se llevara a cabo la misa. Al momento de
ir caminando por las calles de la ciudad era muy feo, toda la gente te veía
llorar y veías a toda la familia destrozada, cuando llegamos a la Iglesia no
pude resistirme, solté el llanto de una forma que nadie me podía calmar.; el
dolor que se siente en esos momentos es inexplicable, que solo las personas que
lo viven pueden entender lo que es perder a un ser tan querido.
Un poco más tarde lo llevamos para que lo cremaran,
ahí tuvimos que dejar su cuerpo y más tarde llevaban las cenizas. Recuerdo que
cuando llegamos a casa de mis abuelos, se sentía una gran soledad, porque a
pesar de que estaba toda la familia, nos hacía demasiada falta aquel ángel que
se nos había adelantado, aún no podíamos creer el hecho de que no estuviera con
nosotros, queríamos pensar que el estaba de alguna forma presente entre
nosotros.
Todos eso días fueron de luto para la familia,
porque aún seguiría el novenario, y teníamos que estar recordando por nueve
días más todo lo que había sucedido; en lo personal yo seguía sintiendo esa
culpa y dolor inmenso porque no me despedí de mi abuelo, y lo único que yo
recordaba en esos momentos de él, era la imagen de verlo sobre su cama ya
muerto, y el padre rezando, aunque eso nadie lo sabía, mucho tiempo después fue
cuando mis padres se enteraron. Ellos me decían que estuviera tranquila, que mi
abuelo ya estaba en el cielo y que no tenía razones para sentirme mal; pero
saben, yo no podía dejar de sentir eso, nadie entendía porque seguía tan
afectada. Con el paso de los días, de las semanas, de los meses, te sigue el
dolor muy en el fondo, lo único que pasa es que te vas acostumbrando a vivir
con ese dolor, además cada uno tenía sus actividades y teníamos que seguir
adelante.
Al mes siguiente fue la clausura de la escuela, en
donde la escolta de la que yo formaba parte iba a recibir la bandera de las
egresadas, ese día fue muy padre para mí, aunque los nervios no se quitaban. Ya
cuando entre a sexto año, pues sabía que seguiría ensayando con la escolta,
pero ahora para desfilar el 16 de septiembre; cuando la fecha se fue acercando
más nos sacaban a la calle para ensayar y que el día del desfile saliera todo
perfecto, pero para esto tuvimos también que buscar zapatos, listón y todo
igual para todas. En ese tiempo mi madre estaba en reposo, pues la habían
operado, así que me toco ir a buscar todas las cosas yo sola. Cuando llegó el
día del desfile, pues si estaba muy nerviosa, siempre me ponía así, pero lo que
realmente me gusto y aprecie demasiado fue que mi madre a pesar de que no se
podía mover, fue a verme desfilar, y a ponerme confeti.
Todos los días yo trataba de disfrutar al máximo la
escuela, puesto que ya era mi último año y quería llevarme un buen recuerdo de
todos mis amigos y compañeros.
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